el mandato

aporía corporativa

el mandato

2025

necios son muchos

el número de los tontos será infinito

hilos de pensamientos forman una sinuosa tela;

se nos promete un único futuro, nos entregan entretenidas ruinas; gobiernos que hablan de estabilidad mientras improvisan; hablan sobre cómo tener contentos a los miles de millones de cuerpos que controlan; ellos lucen traje y corbata, ellos permanecen, así, sí o sí. Cambian los nombres, los logos, las crisis; el uniforme, no, aún no. Lo veo en ruedas de prensa, juntas directivas, comunicados urgentes y disculpas ensayadas.

Siempre bien planchado. Siempre a tiempo. Como si la tela pudiera sostener lo que ya no se sostiene.

Hay algo profundamente extraño en esto que persiste. El traje no responde al caos sino que lo tapa, como una alfombra que cuelga del cuello, sobre el polvo que recubre el corazón. Funciona como una superficie limpia, lisa, sobre un fondo cada vez más inestable y rugoso. La corbata aprieta el relato, le da un orden. Da forma a la idea de que alguien está al mando.

Pintar estos trajes hoy no es un gesto nostálgico ni un comentario de moda. Es mirar de frente una contradicción más. De un mundo que se declara flexible, innovador, tecnológico, futurista, disruptivo, pero no señores, señores encorbatados, el disfraz sigue siendo el mismo para administrar el desastre.

Insisto torpemente en pintarlos como algo grotesco. No acelera nada, no cambia nada, no explica, no soluciona nada. Solo repito. Ostinado, el traje empieza en mi cabeza a fallar; es flexible pero se romperá, si este vvvirus no suelta lo rígido.

La corbata me la quité hace rato, gracias a la pintura. Soy un virófago de este virus.

la fuerza de los tontos

no hay que subestimar el poder de los necios

Este conjunto de bocetos, hechos dibujos y pinturas, parte de una sospecha difícil de ignorar: el ejercicio del poder pasa a veces por una plancha caliente que aplana y elimina las arrugas.

Se anuda con cuidado frente al espejo, se ajusta al cuello y sale a trabajar. El traje y la corbata, ligeros en peso, pesados en significado, han logrado una hazaña admirable: la neutralización de la organización, de las jerarquías, de la confianza, encima de los cuerpos sin necesidad de explicaciones. Elegantes, dicen algunos, como si estuviéramos realmente eligiendo.

Cómo ese conjunto tan masculino, heredado del mundo militar, se coló en lo diplomático y empresarial, se infiltró en oficinas, aulas, juzgados, funerales y fotografías familiares. No importa quién lo lleve puesto: el traje ya sabe qué papel interpretar.

La pintura entra aquí no como ornamento, sino como una forma de demora incisiva. Mientras el mundo de los negocios exige rapidez, eficiencia y resultados inmediatos, la práctica pictórica insiste en su lentitud casi incómoda. Pintar es romper el nudo — pintar, cualquier cosa, sobretodo corbatas, es volver a respirar.

Este proyecto no busca destruir el traje ni declarar la guerra a la formalidad. Más bien, propone mirarlo con atención, copiarlo con ironía y devolverlo ligeramente deformado. Es revelar la fragilidad del jefe, con sus ansias de ser inmortal, pero será un frágil inmortal, un símbolo costumbrista, vacío.

Hoy ví las noticias, y ahí siguen estos extraños agentes, adictos, al petróleo, al consumo, al dinero, a la civilización.

— los arquetipos

el primer susto

— otros cuentos